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Del Programa al arquitecto y del arquitecto a la Arquitectura Ver. 1.0

Programa viene del griego prógramma; prographo, anunciar por escrito. Es una serie ordenada de operaciones para llevar a cabo un proyecto; un anuncio o exposición de las partes de que se han de componer ciertas cosas. El programa es una declaración previa de lo que se piensa hacer, un plan escrito indicando condiciones.
La arquitectura según el diccionario es el arte de proyectar y construir edificios (definición un poco tacaña).
Para Mies Van Der Rôhe la arquitectura es “colocar un ladrillo sobre otro ladrillo con mucha cultura”; para Frank Lloyd Wright “el arquitecto es un albañil que sabe latín”; para Schilley “la arquitectura el la música congelada”.
Le Corbusier pensaba:

“Arquitectura es una cosa de arte, un fenómeno de emociones que queda fuera y más allá de las cuestiones constructivas. El propósito de la construcción es mantener las cosas juntas y el de la Arquitectura es deleitarnos.”...”Arquitectura es una cuestión de armonías, una pura creación del espíritu, empleando piedra, madera, hormigón, se construyen casas, palacios; eso es construcción: el ingenio trabajando; pero en un instante tocas mi corazón, me haces bien, me siento feliz y digo: esto es hermoso, esto es Arquitectura, el arte entra en mi.”

Entiéndase al arte como el esmero y esfuerzo superfluo generado como forma de satisfacción personal en el acto de crear o modificar cualquier cosa.
Según el diccionario arte significa el conjunto de normas para hacer algo bien. Bien es la idea innata que encierra la esencia de lo bueno, lo bello y lo justo. Justo significa que ajusta con precisión, conforme a justicia y razón, exacto y cabal. Bello significa que tiene belleza, ósea, armonía y perfección de una persona o cosa. Y bueno usado como adverbio denota aprobación o equivale a suficiente; y como adjetivo significa agradable y gustoso.
La única duda es ¿Quién es el encargado de dar lugar a los adjetivos? ¿Quién es el encargado de calificar, de dar merito a algo? ¿Bajo que ideales se bañan esos adjetivos? ¿Será el juicio de un Dadaísta el mismo que el de un Nazi o un Capitalista?.
El Hombre se caracteriza por la individualidad. Incluso en las escuelas artísticas, movimientos, etc., donde se agrupan las personas que se identifican mutuamente por tener una misma ideología los adjetivos suelen tener distintas ramas de adeptos. Incluso en una misma persona según transcurre el tiempo la verdad y los gustos suelen cambiar de color y de bandera.
En el acto de analizar una obra queda inevitablemente la interpretación de quien la juzga. Así también en el acto de crear queda intrínseca la individualidad por sobre todas las cosas.
Comprender un programa significa siempre interpretarlo. La interpretación es un acto netamente individual. Son los individuos en su diversidad los que esparcen el abanico de posibilidades ante un mismo planteo.
La reacción arquitectónica ha planteado a lo largo de la historia una dosis de atención a la racionalidad. Es desde su densa ciencia-arte donde protagoniza la tarea crítica. La arquitectura quiere adquirir la contextura y la solidez del pensar de los filósofos para solucionar y concretar el bienestar del hombre (o de cualquier ser) con la materia, el espacio y la mente.
El hecho implícito de plasmar un significado a la interpretación del programa y a sus soluciones genera el inconveniente de enfrentar ideologías. Este pensamiento sistemático escapa muchas veces de la racionalidad, aferrándose a la costumbre o al simple echo comparativo de la dogma de momento y/o al gusto personal. El tiempo se encarga de transmutar las ideologías y lo que los hombres hoy afirman como inamovible mañana es derrumbado en nombre de la modernidad y de la mismísima revolución (cualquiera sea esta). El mundo se mueve inevitablemente y los vanguardistas van quedando al costado del camino desplazados por las vanguardias. Los conservadores jalan las sogas del progreso generando retrasos inevitables, casi naturales, sirviendo al momento el trampolín del cambio. Las vanguardias y los movimientos llegarán tarde o temprano a desplazar a los conservadores, no tardando en dejar de ser ellos para convertirse en los otros. La devaluación del significado debe quedar de lado a la del significante.
Mas allá de su ideología, el arquitecto finalmente estará condenado a abandonar su individualidad y enfrentar el caso del programa en toda su compleja particularidad, siendo solo una anécdota en el camino de la producción intelectual del proyecto-obra cualquier filosofía, aspiración universal, pensamiento paradigmático o anarquismo racional que quiera volcar a la obra.
El programa sirve a modo de consenso a priori, acercando distancias entre distintas doctrinas. A manera de regla debe ser capas de encausar la producción, a modo de guía.
Entiéndase al programa como un equilibrio (muchas veces inestable y vago) entre lo que debe ser y el capricho.
La intención de generar un programa como el encausante de un pensamiento sistemático y de proceder queda vencido frente a la norma de que todo aquello que no esta expresamente prohibido esta permitido; sin embargo el proyecto arquitectónico debe poseer claves de pertinencia con el programa, debe comprender una realidad más amplia de lo medido, debe generar exploraciones interpretativas que pongan en relieve flancos inéditos y/o preexistentes que eleven la calidad humana. Debe comprender al programa como el encaminante a una solución, como el puntapié de una discusión, como la pregunta de la que surjan respuestas.
¿Qué hay en la arquitectura capaz de modificar un programa y qué tiene un programa para brindarle a la arquitectura?
Hay en el programa algo que indudablemente nunca existirá en la arquitectura, estabilidad. Hay en la arquitectura algo que nunca habrá en un programa, soluciones.
El programa, en definitiva, limita en un segmento finito las infinitas exploraciones interpretativas de aquellos que están vivos y se manifiestan.

 

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